domingo, 26 de septiembre de 2010

¿Hasta cuando el gobierno de los fantoches?

Hoy, viendo las noticias y contemplando unas imágenes provenientes de Venezuela, me viene a la mente una idea que parece querer salir al espacio exterior. Un espacio, por fortuna en mi caso, gobernado por la ausencia de dictados impuestos y acogido por una agradable sensación de lógica libertad. Esta idea que comento nace en forma de una pregunta, que podría a traducirse y reducirse, de la siguiente manera, al lenguaje escrito: ¿Hasta cuándo los tediosos gobiernos de este tipo de fantoches? Y digo esto porque no puedo evitar sentir una fuerte indignación al comprobar que, a pesar de los supuestos avances que ha hecho la humanidad en el campo de la ciencia, la cultura y el pensamiento, sigue habiendo lugares donde la libertad está limitada por el veleidoso decidir de uno o varios individuos de este tipo. No me entra en la cabeza que durante tantos años, ante la mirada de una sorprendida e inactiva humanidad, un ser humano tenga campo libre para ahogar sus complejos, disimular sus evidentes desequilibrios y, a golpe de discurso barato, denso y carente de fondo lógico y atractiva creatividad, aprovechar el camino despejado para hacer y deshacer, a su rígido antojo, sobre el presente y el futuro de un país entero. Todo ello, claro, en un entorno que le resulta favorable por el poder que le otorga el miedo sembrado previamente sobre la esperanza de millones de personas. 

No entraré a comentar ninguna de esas dictaduras ni sus ideologias - llegados a este punto de sinrazón, no lo veo necesario -, pues cualquier idea llevada a tal nivel de extremismo es directamente descartable. No importa que sea Cuba, Venezuela o algún país africano, en cuyas tierras, por cierto, ha nacido gente con la que he tenido el placer de tratar, a lo largo de esta vida, y cuyos recuerdos seguían viviendo en un país del que tuvieron que salir de manera impuesta, por el simple hecho de querer ser libres y pensar diferente. Y es que todas resultan similares: Sujeto cómico, aburrido y denso, con un discurso facilmente imitable, inflexible y carente de ecuanimidad - a pesar de fingir defenderla -, que logra hacerse con el dominio de un país, de forma violenta, extraña o ilícita. Durante su gobierno, el citado país pierde su voz, al tiempo que ve desaparecer su derecho a la libertad y se ve temiendo por su bienestar a cada paso, receloso por la posible consecuencia de sus actos y palabras. Nunca podrá ser normal ni positivo que un ciudadano tenga prohibida la salida de su país, o que un artista tenga vetada la entrada a otro, por mucho lema, canción emotiva o bandera de colores que se utilice para maquillar un sinsentido. Esto puede tener razón de ser en un domicilio personal - aunque no siempre, pues a veces se comparte también con otros, cuyos derechos quedan al mismo nivel de los propios -, pero nunca en un territorio donde millones de seres humanos conviven y buscan acercarse al máximo a la ansiada y huidiza felicidad. Por supuesto, este tipo de fantoches frecuentan otros gremios de poder, e imagino que experimientan el mayor placer cuando escuchan el eco de sus propias voces al hablar, delante de amplias audiencias, y comprueban que sus ideas son respetadas y llevadas a cabo por el resto, aún a pesar del daño causado por ello. Una vergüenza, vamos.

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