Para muchos, el Graffiti es una respetable manifestación de arte, de mérito indudable y dificultad evidente. Para otros, un delito que debe ser perseguido, por el daño producido sobre el paisaje urbano y la propiedad privada.
Como sucede con casi todo, imagino que es una cuestión de perspectiva y del lado de la historia que a uno le toque vivir, disfrutar o sufrir. Es comprensible que el dueño de una tienda maldiga a quien ha modificado su fachada, a su gusto y capricho, sin permiso alguno.
Por otra parte, resulta entendible que un artista necesite manifestar su creatividad, de la forma que cada arte requiere. En el caso de este tipo de disciplinas, los muros y paredes de la ciudad, así como el resto del mobiliario urbano, son los lienzos idóneos para su colorida e imaginativa expresión.
Una solución razonable parece ser la presencia de lugares destinados a la creación de graffitis, con el permiso de las autoridades. De esta forma, este tipo de pintura dejaría de ser un delito y tendría su justo lugar, dentro de la ciudad.
Por supuesto, las dudas nacen con facilidad, al respecto de soluciones del tipo de la anterior. ¿Se pierde, mediante este sistema, el componente de improvisación y la relación simbiótica que nace cuando un graffiti ha encontrado su lienzo ideal?
Por mi parte, considero que los graffitis y el Street Art son una necesaria parte de la cultura urbana de la ciudad y, como tal, debería existir - desconozco si existe - alguna clase de sutil control de su manifestación, para evitar que las obras perjudiquen a otros y asegurar que la calidad en las creaciones justifique su presencia. No hay que olvidar que se encuentran a la vista de cualquiera, incluyendo niños y gente de avanzada edad, por lo que un respeto en la temática sería también deseable.
Propondría, de paso, una mayor positividad en los mensajes transmitidos, pues cierta parte de los creadores optan por un lenguaje visual que, a mi entender, dista de ser estético y juega en exceso con la negatividad. Por supuesto, deseable es también una interacción entre los comercios y los artistas, de forma que aquellos se beneficien del talento de los últimos y éstos, por su parte, lo hagan de un espacio donde pintar.
No debemos olvidar - en este mundo en que las cifras reinan y fascinan - algunos casos de reconocidos artistas que comenzaron su andanza artística en la calle, spray en mano, piernas alerta y ojo avizor. Es el caso de Jean-Michel Basquiat, quien gustaba de pintar los muros del SoHo y del Lower Manhattan, en Nueva York, firmando las pintadas con su popular SAMO (SAMe Old shit.). Hoy, en su ausencia física, sus obras se subastan a precios que asustan a cualquiera.
Y tú, ¿Qué opinión tienes al respecto?










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