martes, 28 de septiembre de 2010

Conozco a un niño...

Conozco a un niño que está pasando una mala etapa. No ha cumplido aún los quince años, pero a veces porta un semblante de preocupación que se asemeja al de un adulto con la mente llena de insistentes tribulaciones. El joven es más corpulento y fuerte de lo que corresponde a su edad, pero lleva su cuerpo grande con un carácter afable y tranquilo, y practica algun que otro arte con la delicadeza de un futuro maestro. A pesar de que el muchacho evita los problemas y los conflictos, ha tenido la mala fortuna de convertirse, por razones que desconozco, en el blanco de la ira, las bromas de mal gusto y los comentarios dañinos de uno o varios sujetos de peor fondo y pelaje, que le rondan en el terreno escolar, cuando el azar así lo decide. Como bien sabemos todos los que hemos vivido la etapa colegial, en una clase se concentra, en el mismo porcentaje que lo hacen en sociedad, toda clase de personas, personajes y personajillos. Siempre hay, como recordaremos todos, sujetos en fase de crecimiento que optan por amargar la existencia de quienes les rodean y no saben defenderse. Así como siempre hay aprendices de líder que resultan cómicos en su hacer, hay también acomplejados que deciden descargar en otros la impotencia contenida en sus cuerpos menudos y en fase de desarrollo. A menudo ambas figuras coinciden en un mismo cuerpo.

 Todo esto es normal, y está muy bien, hasta que tu hijo, tu hermano o una persona cercana resulta ser, por las circunstancias, el blanco elegido. Es por esto que he decidido hacer un llamamiento, desde aquí, y sugerir a todos los padres y madres que miren a sus hijos e hijas con objetividad, de tiempo en tiempo, y piensen si pueden estar educando a uno de estos líderes acomplejados, del tipo que se nutre de la inocencia y la ausencia de agresividad de sus compañeros para crear una tropa que les siga el camino, el daño y las gracias. Que analicen el comportamiento de sus vástagos y, al margen de la supuesta calidad de sus calificaciones, valoren la calidad humana, la capacidad de empatía y el compañerismo que demuestran los actos que realizan. Que sepan vencer ese frecuente e infantil orgullo y ser críticos con su sucesor, retirándole la defensa si la ocasión así lo justifica. Quizá así, por casualidad, evitemos que alguno de los niños que da razón a este texto tenga que pasar los supuestos mejores años de su vida preocupado, cabizbajo y temeroso de asistir al colegio, por miedo de que el consentido, o la aprendiz de arpía de turno, tenga el día especialmente dañino.

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