Curioso el tema de las huelgas. Yo propongo que todos - puesto que todos, en cierta medida, tenemos queja de algo - dejemos de hacer nuestras funciones y así, poco a poco, nos dejemos llevar por la inactividad hasta desaparecer como especie. Puesto que todos tenemos queja de algo, la realidad podría ser una sucesión de huelgas sin principio ni fin determinados, que se prolongan en el tiempo y el espacio, convirtiendo el presente en la eterna residencia de la protesta grupal. Me imagino a los delgados haciendo huelga de hambre, a pesar de la contradicción, reclamando un aumento en su peso y el fin de su delgadez. Por otra parte los más gruesos, en protesta por su suerte, dedicando su tiempo a la más completa inactividad, contradiciendo igualmente la principal de las recomendaciones para la bajada de peso en un ser humano. Me imagino, puestos a imaginar lo imposible, la contemplación de una enérgica huelga de un grupo que pide menos. Algún gremio exigiendo una bajada en sus sueldos, por considerarlo excesivo, en comparación con lo que otros cobran. Que gracioso sería contemplar a un grupo de trabajadores, del tipo que dedica la mitad del tiempo de la jornada al cigarrillo y al descanso - dicen que existe -, protestando por su suerte, por el hecho de tener un trabajo asegurado de por vida, un sueldo digno, vacaciones, seguro de salud y derecho a bajas prolongadas. Desde mi punto de vista de autónomo sin un Norte claro y determinado, eso es una suerte, no un motivo de reclamo. Desde el punto de vista de un parado con una familia numerosa, no es una suerte, es un milagro. Y es que lo malo de las huelgas no es otra cosa que el daño que provocan al resto de los ciudadanos. No creo que al trabajador de metro que hoy protesta le agrade que el carnicero, durante un mes, opte por dejar de vender la carne que le da fuerzas y le agrada degustar. O que el agricultor, que tiene razones de sobra para practicar una huelga eterna, desde hace años, opte por dejar de vender su producto a los mercados por un precio ridículo. De hecho no creo que a nadie le gustase que los carceleros, hartos de su suerte, optasen por abrir las celdas y dejar sueltos a los sujetos más temidos del lugar. Así podríamos seguir de forma indefinida, pues la interrelación humana es evidente e irrompible, y lo que hacen unos lo gozan o sufren, en una medida u otra, el resto de los seres humanos. De hecho, si fuera por quejas, yo debería estar en huelga desde hace unos 6 o 7 años, pero no imagino mi supervivencia con esa actitud. En cualquier caso, sí apoyaría una huelga de los que no tienen nada. Pero esos tienen pocas fuerzas para protestar, o están lejos y no se les oye, o están cerca pero no aportan nada cuya ausencia haga temer al resto por su delicado bienestar. Eso sería una huelga, en mi opinión. Lo demás, cuando se goza de ciertos niveles de bienestar, son respetables, diferentes y a menudo dañinas formas de queja.
martes, 29 de junio de 2010
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