Quien visita Sacré Coeur, en el parisino barrio de Montmartre, tiene muchas posibilidades de verlos en acción. Su herramienta de trabajo es un balón de fútbol, que logran dominar con una templanza espectacular.
Realizan complicados equilibrios, en posturas impensables, al tiempo que controlan la pelota y la llevan donde quieren. Todo ello, en lo alto de un muro de escasas dimensiones, mientras el público admira su talento o, como en el caso de la imagen, comparte su amor al margen del resto de la humanidad. 




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