Poner las noticias, cualquier día de la semana, supone hacerse eco de una larga serie de acontecimientos naturales, de diferente grado y gravedad, que suceden en diferentes puntos del planeta. Terremotos, inundaciones, tsunamis, o ríos que se desbordan, son alguno de los fenómenos que sitúan al ser humano en una posición de inevitable vulnerabilidad, frente al poder que demuestran tales manifestaciones del planeta.
Cada uno de estos sucesos son, desde el punto de vista humano, un desastre lamentable y causante de mucho dolor. Suponen, para nosotros, un azote incomprensible de la cruel casualidad, que parece arrebatarnos de pronto las cosas que importan, los objetos que valoramos y a los seres que nos resultan de la más vital necesidad.
Es aquí donde debo reconocer, con llana honestidad, que mi forma de ver estos fenómenos dista mucho de la visión anterior. Se aleja de una manera natural, y no forzada, al no poder evitar la aplicación de un punto de vista amplio y global, que parece querer explicarme las razones de la sucesión de lo que he optado por llamar quejidos del planeta. Por supuesto, se trata simplemente de mi apreciación personal, por lo que la razón puede andar por otros derroteros. Lo expongo, no obstante, al considerar que las evidencias pueden indicar la presencia de una razonable y justificada causalidad.
Si miramos bien a nuestro alrededor, observamos que las junglas de asfalto y cemento han tomado las zonas que, en otro tiempo, fueron ricos espacios naturales. Con una elevada cantidad de construcciones insulsas, horrendas y artificiales - que hacen del paisaje una broma pesada -, el ser humano ha rediseñado la tierra a su mal gusto. Si echamos un vistazo por la ventana, resulta más sencillo ver farolas y carreteras que divisar un árbol frondoso o un ave en su nido. El horizonte ha sido sembrado, sin pestañeos, con edificios creados para enriquecer a cuatro y hacer que doscientos deseen lo que no tienen y tampoco necesitan. Será mi imaginación, pero no me extraña que la Naturaleza, ante semejante despropósito, haga temblar la Tierra y refleje su comprensible disconformidad.
Si optamos por sumergir la cabeza bajo el mar, posiblemente topemos con unos cuantos pedazos de plástico que nos impidan la visión - o algo peor, si estamos en algunas playas -. Si tenemos suerte y lo hacemos en un lugar donde nuestra torpeza no haya vertido toneladas de crudo sobre los hábitats, tal vez podamos darnos cuenta de que la sobrepesca y las prácticas ilegales están despoblando los océanos, con un 77% de las especies comerciales afectadas. Las predicciones anuncian un futuro donde los mares distarán mucho de lo que hoy conocemos, lo que supone uno de los daños más graves que podemos aplicar sobre el entorno, por razones que bien indican los expertos.
Dicen, quienes conocen bien la zona y sus hielos, que los hábitats polares en nada se parecen a los de antaño, por lo que las especies que los habitan están perdiendo su hogar y los medios que les permiten la supervivencia. Lo explican muy bien los prestigiosos fotógrafos Paul Nicklen y Brian Skerry, colaboradores de National Geographic, en sus respectivas charlas acerca de su trabajo y el cambio global.
Todos sabemos de la caza indiscriminada de ballenas, de la muerte violenta y masiva de delfines y del sacrificio regular de tiburones, para fines humanos de escasa necesidad y justificación. Cientos de miles de habitantes - esenciales para el equilibrio del océano - son aniquilados anualmente, y sus restos devueltos al mar, para ahorrar espacio y molestias. Considerando el salvaje comportamiento anterior, prolongado durante años, no me extraña que el Mar se despierte un día y muestre su profunda incomodidad. Podría seguir con ejemplos similares durante toda la tarde, y me faltaría espacio para publicarlos. Especies en peligro de extinción, caza ilegal, maltrato animal, contaminación de los ríos y los océanos, muertes violentas por un trozo de piel - necesario para crear un abrigo hortera o un zapato cursi -, y muchas otras actividades dañinas para el planeta.
Por todo lo escrito y lo omitido, no me extraña que la tierra tiemble de indignación y el mar se crispe por la incomodidad de ver las cosas tan mal hechas. Si aplicamos una visión global y realista, buena parte de las construcciones que nos rodean carecen de utilidad para la humanidad. El hecho de que un centenar de arquitectos se enriquezcan y, durante sus setenta años de vida, dispongan de dinero para comprar Arte Moderno y chaquetas de pana, no tiene ninguna utilidad real. Que los constructores de tales edificios puedan comprarse coches más grandes y un chalé con fuente, para su disfrute personal y temporal, tampoco la tiene. Que los consumidores de sopa de aleta de tiburón crean ver su virilidad reforzada, gracias a los supuestos y no demostrados efectos de su consumo, la tiene menos todavía. Sí tienen importancia real, no obstante, sus acciones y las consecuencias que conllevan. Cuando pase un tiempo, ellos se habrán ido, pero la tierra seguirá estando aquí, como lo estaba antes de que se llevase el Arte Moderno, los coches grandes, el pelo un poco largo y las chaquetas de pana. Lo mismo sucede con todos los que forman parte de las actividades que he mencionado, cuyas obras tienen un efecto duradero en el planeta y en la vida de su habitantes.
Si no hacemos lo posible para que nuestros actos y creaciones sean sostenibles, olvidando nuestro propio interés y enriquecimiento, no nos sorprendamos, después, por los efectos de tantos años de comportamientos negativos. No pongamos el grito en el cielo al ver que un buen día el Mar, o la Tierra, han visto cómo su infinita paciencia se veía interrumpida, por unos segundos, y arrasaba nuestra calma con un poderoso quejido de su acumulada indignación.
Si no hacemos lo posible para que nuestros actos y creaciones sean sostenibles, olvidando nuestro propio interés y enriquecimiento, no nos sorprendamos, después, por los efectos de tantos años de comportamientos negativos. No pongamos el grito en el cielo al ver que un buen día el Mar, o la Tierra, han visto cómo su infinita paciencia se veía interrumpida, por unos segundos, y arrasaba nuestra calma con un poderoso quejido de su acumulada indignación.
Son lo que he optado por llamar los quejidos del planeta. No quiero ver, ni imaginar, cómo será el resultado de sus quejas.
Texto © Nano Calvo
Fotografías © Varias Fuentes
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